Una condena (y la "vida real")
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Escrito por Gabriel Cabello Padial   
Lunes, 24 de Noviembre de 2008 22:20

Lectura de Luis García Montero en las Vitolas del AnaisLa condena por injurias a Luis García Montero, y su posterior renuncia a la docencia en la Universidad de Granada, me ha afectado, como a mucha otra gente, de un modo personal. No sólo por la pérdida que supone para la comunidad universitaria, tanto en el plano de los hechos como en el de la imagen -las derivas, por cierto, han llegado a veces lejos, y algún notable desinformado ha llegado a decir que Luis García Montero había sido “expulsado” de la Universidad, o que parecía que en Granada no había pasado el tiempo desde el asesinato de Lorca, afirmaciones cuanto menos desagradables. Sino porque, además, resulta que esa condena tiene lugar a consecuencia de una reacción suya ante alguien por cuyas -a nuestro juicio- más que discutibles prácticas académicas mis compañeros de promoción y yo mismo protestamos por escrito en el año 1993.

Algunas manifestaciones de apoyo al profesor Fortes, aparecidas en soporte digital, señalan que es un honesto y riguroso profesor. Yo no puedo poner en duda la competencia que se presupone a Fortes Jose Antonio Fortes tras ganar el juiciocomo profesor universitario. Simplemente, dejo a criterio del lector el imaginar cómo, a la luz de los actuales sucesos, puede mi memoria gestionar aquel escrito que redactamos siendo estudiantes. Nosotros no nos referimos entonces a los contenidos de sus clases. No obstante, un reciente artículo de Milena Rodríguez me ha hecho recordar que la teoría de la representación que subyacía a los esfuerzos analíticos del profesor Fortes, basada en una especie de imperativo hacia el abandono de toda investigación que retuviese algo de especificidad literaria para alcanzar algo así como un registro transparente de la vida cotidiana del trabajador, debería en la práctica condenar como representante de la ultraderecha a cualquier escritor. Recuerdo lo que no hace mucho tiempo escribía Juan Goytisolo. Decía que, además del compromiso cívico que pueda adoptar en tanto que ciudadano, la obligación del escritor es la de trabajar en la búsqueda de un lenguaje nuevo. Es evidente que Goytisolo no se refiere con ello a un estrecho formalismo, sino a una exigencia de la representación misma, si es que ésta ha de ser algo más que una mímica muerta de interés hermenéutico equivalente a cero. Pero me temo que esas manifestaciones pueden condenar al autor de Don Julián (¿recuerdan lo que dice esta novela?) a formar parte del “encadenamiento de funcionarios ideológicos del fascismo en su trabajo orgánico por el dominio de clase de la dictadura capitalista” descrito por José Antonio Fortes. Un “encadenamiento” que, por lo que llevo ojeado, va en el caso español desde un Lorca “en fascismo” hasta el panorama literario de comienzos del siglo XXI. Fortes suele anteponer el término “alias” a los nombres de los “funcionarios ideológicos” de su particular guerra, supongo que para indicar, al mismo tiempo, tanto que lo que él hace es rastrear la ideología subyacente a los textos que producen (lo cual es una estrategia legítima y deseable, siempre que se tenga claro qué se entiende por ideología y cómo ésta se deja ver en un acto estético, que es siempre una mediación) como, y quizá sobre todo, para curarse en salud diciendo que él, por supuesto, no se refiere nunca a las personas concretas. Lo que al final resulta es que Fortes termina (¿se lo cree realmente?) declarando inexistentes a las personas concretas, de manera que sólo quedan ya esos “alias” abstractos ejerciendo de “funcionarios ideológicos del fascismo...etc.”. Con un problema: resulta que las personas concretas existen, y tienen la legítima tendencia a reaccionar ante ciertas impertinencias o acusaciones (hasta José Antonio Fortes considera que hay algo de “privado” en su vida, y por eso se ofende cuando se considera agredido personalmente). O, por decirlo en un lenguaje que a él le resultará a estas alturas más familiar que el que yo utilizo: no es improbable que Juan Goytisolo piense, como yo en efecto lo hago, que en el uso del término “escaparate” no se encuentra ínsito el ánimo (consciente o inconsciente) de celebrar ciegamente el orden de las cosas y aplaudir las injusticias sociales.

Otras manifestaciones inciden en que se le está sometiendo a una suerte de “linchamiento mediático”, refiriéndose a la asimetría en la capacidad de responder a través de la prensa de Luis García Montero y José Antonio Fortes. Hay aquí sin duda algo de verdad, pero extremadamente ambiguo y que conviene precisar para el caso concreto. Nadie puede a estas alturas escandalizarse si se recuerda que los medios de comunicación, por su propia lógica, poseen cualidades performativas y que, en alguna medida, “producen realidad”. En efecto, la lógica misma de la narración, del storytelling, permite reubicar el sentido y la valoración de los hechos, y no en vano, como citaba Christian Salmon, el Congreso americano le recordó recientemente a Richard Fuld, presidente ejecutivo de Lehman Brothers, que debía asumir que su nuevo papel era el de “malo” y “comportarse como tal” -que debía en definitiva ser consecuente, y convincente, con su papel en el nuevo relato o, como creo que en realidad sugiere Salmon, con su nuevo papel en el mismo relato. Ahora bien, no creo que por ser conscientes de que esto puede ocurrir -y ocurre a menudo- tengamos que pensar que Fortes es precisamente el mejor ejemplo como víctima de la manipulación mediática. Seamos un poco serios. Desde el momento en que alguien que sirve de referente simbólico a tanta gente como Luis García Montero (y que, por lo demás, es conocido por ser persona afable y dispuesta a la colaboración constructiva) decide expresarse en esos términos con respecto a un “colega” prácticamente desconocido en un medio de gran difusión, todos sabemos que se va a producir ruido, el cual se multiplicará si a la polémica se le añade un proceso judicial. Pero con ese ruido quien obtiene a nivel personal un beneficio simbólico es sobre todo Fortes, especialmente si se pertrecha en una posición victimista. Y me parece que él era bastante más consciente de esto que Luis García Montero, como creo que se deduce de lo que sigue.

No se trata aquí de que un académico se sienta maltratado por un campo periodístico en el que se mueve con torpeza o incluso cierta indefensión. Una situación de ese tipo fue en efecto la que provocó que Bourdieu se lanzara a escribir una crítica de las perversiones mediáticas. Pero Bourdieu tenía las cosas claras, y esa crítica fue realizada en paralelo a una explícita defensa de la autonomía de la discusión científica en el medio universitario, una autonomía sin cuya existencia, dice Bourdieu, Habermas simplemente no hubiera podido escribir sus libros. De modo que, en definitiva, es precisamente esa autonomía (más precisamente: semiautonomía, porque evidentemente la Universidad tampoco escapa a las reglas del juego del campo social en general) la condición de posibilidad de su propia crítica a la lógica de los medios de comunicación (y, en su caso, al propio mundo académico). Sin embargo, aún no sabemos desde qué ámbito podría ejercer esa crítica el profesor universitario José Antonio Fortes. Para él, según dice en una entrevista, la única función que cumple la Universidad, ella misma sólo un “aparato ideológico represor de ‘la vida real’ (cursiva nuestra), al estar organizada para el control y cohesión del dominio ideológico...”, es “el publicismo de la ideología capitalista”. Dice Fortes que en el interior de ese aparato pueden aparecer espacios de “marginalidad” desde donde ejercer “cuantas propuestas de pensamiento crítico permita el principio ‘democrático’ de ‘libertad de cátedra’, etc.” Pero, aún así, ocupar esos espacios de marginalidad será posible sólo al precio de que se pongan “cercos” a su pensamiento, al precio de que “sólo expongas tus razones en el aula o en la presentación de algún libro o ensayo, y de ahí no salgas, de ahí no vayas a más, ni en congresos, reuniones, labores editoriales, etc.”. Es más: esos riesgos se producen a causa de “la violencia ejercida por el sistema y en concreto por el aparato universitario”. Y, más sintomáticamente aún: “porque, sin caer en el personalismo (c.n.), la Universidad te castiga el no sometimiento. O te sometes, o te cerca, te silencia, te prohíbe. No te mata, porque no es ‘democrático’, pero casi, porque sin duda peligra tu vida (c.n.)”. Es decir: que no solamente Fortes no confía en absoluto en la institución universitaria, edificada exclusivamente, sin ambivalencias, como aparato represor de la vida real -aunque considere que en ella, y sólo al mismo nivel que en el mercado, haya lugares marginales desde los cuales ejercer la “oposición” al capitalismo. Sino que su -¿un tanto frágil?- discurso se desliza sin reparos hacia una denuncia radicalmente siniestra: la única investigación y el único ejercicio intelectual posible, la “oposición” que dice ejercer Fortes, es al final irrealizable en el espacio universitario porque la Universidad te cerca y silencia, persiguiéndote hasta el punto de que peligra tu vida. Y, lo que es peor: nuestro estudioso del inconsciente afirma todo esto “sin caer en el personalismo”.

Sin decir todo lo que a uno le gustaría decir ahora, queda de cualquier forma claro que los cauces académicos no constituyen un medio adecuado para la crítica que quiere ejercer el señor Fortes, quien, según él mismo dice, se está jugando la vida en ese intento de ejercerla. Según esa lógica, lo razonable es concluir que el protagonismo adquirido a través de la polémica mediática resulta mucho más deseable que ese kafkiano y altamente peligroso destino que parece imponer la “silenciadora” Universidad en la que él enseña e investiga. En fin, y solamente porque ha sido el propio juez Torres quien ha decidido asociar su sentencia a las querellas literarias: no es improbable que Luis García Montero se sonría con respecto a la pretendida elegancia de las querellas entre Góngora y Quevedo; pero puede ser que el asunto no vaya en ningún caso con José Antonio Fortes, a quien las disputas literarias como tales parecen interesarle más bien poco.

No sé por qué Luis García Montero se consideró obligado, o por qué simplemente se decidió, a salir a la prensa. Sólo sé que, una vez en ésta la polémica, su efecto se multiplica. Recuerdo un simpático comentario de apoyo a José Antonio Fortes que apareció en “Ideal Digital”. Decía algo así como: "¡Ánimo Pepe! ¡Tus vecinos te apoyan!". Me recordó a aquellos vecinos de Atapuerca que, en el verano de la disputa, sostenían que los restos humanos allí encontrados eran sin duda más antiguos que los hallados en Orce, por la simple razón -ajena, lógicamente, a toda pretensión científica- de que habían estado viendo desde hacía mucho el trabajo sin descanso de los investigadores, y éstos, que eran tan buena gente, no podían haber pasado tanto tiempo trabajando para nada. Como yo, de estar en la situación de Fortes, no pensaría que la atención que me prestan los medios obedece a la solidez de mis posiciones críticas, entendería que lo más sabio es tomarme más en serio a esos vecinos y no confundirlos demasiado mediante ese populismo que él, aparentemente, critica. Ese sí que sería un gesto de respeto para con “la vida real”.

 

Gabriel Cabello es Profesor Ayudante en la Universidad de Granada